Este concierto nos propone la escucha de dos composiciones que, a priori, pueden parecer muy distantes: las separan casi siglo y medio en el tiempo, miles de kilómetros, estilo y forma. Sin embargo, en los siguientes párrafos pondremos el foco en los aspectos que las unen y construyen para este programa una interesante hoja de ruta.
Afirma Efraín Oscher (Montevideo, 1974) que detrás de sus composiciones siempre hay una historia. Concretamente, su Concierto para contrabajo y orquesta (2017) es un retrato musical del contrabajista Edicson Ruiz y una celebración de la duradera amistad entre el compositor y el intérprete; de igual modo, la Sinfonía núm. 4 en fa menor, Op. 36 (1877) de Piotr Ilich Tchaikovsky (Vótkinsk, 1840) también puede relacionarse con la amistad. Y ambas relaciones de amistad parten de la música, ya que el compositor ruso dedicó la obra a su leal protectora, Nadezda von Meck, que fue fundamental para alentar al músico a completarla. Tchaikovsky reconoció su apoyo refiriéndose a ella como “mi mejor amiga” y señalando: “Pensé en ti en cada compás”. Y es que, entre 1877 y 1878, mientras componía la sinfonía, Tchaikovsky escribió en su diario: “No cabe duda de que durante algunos meses estuve loco, y solo ahora, cuando estoy completamente recuperado, he aprendido a relacionar objetivamente todo lo que hice durante mi breve locura. Ese hombre, a quien en mayo se le metió en la cabeza casarse con Antonina Ivanovna, que durante el mes de junio escribió una ópera entera como si nada hubiera pasado, que en julio se casó, que en septiembre huyó de su esposa, que en noviembre despotricó contra Roma, etcétera, ese hombre, no era yo, sino otro Piotr Ilich”. No menciona que, en ese intenso periodo, incluso había intentado suicidarse. La recuperación se debió en gran medida al apoyo de Nadezhda von Meck, ella fue casi el único rayo de esperanza en el terrible año de 1877. Lo cierto es que, en poco más de un año, mientras componía la Cuarta, a Tchaikovsky le pasaron tantas cosas como a muchos en toda una vida.
Otro de los elementos que tienden un puente entre ambas composiciones es la pasión, los sentimientos personales como fuente de inspiración. Estamos ante dos obras que destacan por su cualidad expresiva y un latir intenso e imparable. En el caso del ruso, podemos afirmar sin miedo a exagerar que fue uno de los compositores con un modo más personal y sincero de expresar su sentir a través de la partitura. Y, de hecho, la Cuarta Sinfonía de Tchaikovsky destaca dentro del repertorio orquestal por su fuerte carga emocional. Por su parte, en la obra del compositor uruguayo todos los estilos musicales latinoamericanos utilizados tienen una conexión personal tanto con los solistas como con el compositor.
Además, las dos obras parten de un tema recurrente: el de la Cuarta Sinfonía de Tchaikovsky ha sido frecuentemente relacionado con el destino, y el del Concierto para contrabajo es el tema de Soledad, que conecta con las raíces del dedicatario, ya que es el nombre de su madre y también de su abuela. Según la definición de la RAE, el destino es la ‘fuerza que dirige la vida de las personas y determina el curso de los acontecimientos’. En muchas ocasiones, la fuerza y el valor de una madre determinan gran parte de nuestras vidas. No obstante, la conexión del tema Soledad con las raíces de Edicson Ruiz fue casual. Nos cuenta Efraín Oscher que en 2011 compuso la música para una obra de teatro llamada Monsters 2011, titulando una de las partes incluidas en esta música incidental Soledad, ya que en la puesta en escena se quería expresar cómo el sentimiento de soledad en adolescentes puede desembocar en brotes de violencia. Años más tarde usó esa melodía para el segundo movimiento de la Barroqueana venezolana núm. 4 (que se convertiría en el Concierto para contrabajo y orquesta). Fue una sorpresa para compositor y solista que el nombre de la melodía fuera, casualmente, el nombre de la madre y la abuela de Edicson. La aparición del tema de Soledad a lo largo de la obra sirve para evocar nostalgia, recordar a nuestros seres queridos y poner en relieve el contraste de sentimientos que quiere representar Oscher en la obra. Sobre el tema canalizador de la Cuarta, Tchaikovsky escribe lo siguiente: “La introducción al primer movimiento es el núcleo, la quintaesencia, el pensamiento principal de toda la sinfonía. Este es el destino, el poder fatal que impide que uno en la búsqueda de la felicidad alcance la meta, que celosamente provee que la paz y la comodidad no prevalezcan, que el cielo no esté libre de nubes, un poder que se balancea, como la espada de Damocles, constantemente sobre la cabeza que envenena el alma. No hay nada que hacer más que someterse y quejarse en vano”. Este tema de fanfarria al que se refiere el compositor lo presentan trompas y fagotes al inicio y es repetido una y otra vez, sobrevolando la partitura a lo largo de este movimiento y también de los siguientes. “Toda la vida es simplemente un tráfico perpetuo entre la crudeza de la realidad y los fugaces sueños de felicidad”, reflexionó Tchaikovsky sobre el movimiento que abre la sinfonía.
También es interesante recordar que los dos compositores que nos ocupan tienden puentes entre culturas. De hecho, en la época de Tchaikovsky, Rusia era para los centroeuropeos un país exótico y alejado, no sólo en kilómetros, sino también en su lenguaje, cultura y religión. Y aunque Tchaikovsky recibió una educación musical basada en la tradición occidental, algo que lo apartó del movimiento contemporáneo nacionalista personificado en el ‘Grupo de los Cinco’, en Centroeuropa muchos parecían mirarlo con cierto recelo, o así lo percibió él. En una carta a Nadezhda von Meck, escrita el 27 de noviembre de 1877, en la época de composición de la Cuarta, habla sobre su encuentro con Franz Liszt el año anterior en los siguientes términos: “Fue amable, aunque nunca esbozó una sonrisa en sus labios, como pensando: ‘Eres tan sólo un ruso, y soy tan considerado que te honro con el beneficio de mi atención’. ¡Al diablo con todos ellos! No tengo que decirle que, a estas alturas, estoy menos dispuesto que nunca a acudir a estos caballeros hincado de rodillas”. No obstante, el ruso logra representar perfectamente en su obra la esencia pasional de la música rusa sin dejar de ser también un claro exponente de la música romántica europea. En el caso de Oscher, elige para este concierto la afinación vienesa en la que se escribieron todos los conciertos clásicos para contrabajo entre 1760 y 1820; esta afinación se remonta al barroco e instrumentos como el violone, que cambiaban su afinación dependiendo de la obra para adecuar las cuerdas al aire a la tonalidad de esta. Si habitualmente el contrabajo se afina por cuartas ascendentes (mi, la, re, sol), la afinación original vienesa para un instrumento de cuatro cuerdas es: la, re, fa sostenido, la. Pero, además de este guiño al barroco, el Concierto para contrabajo sigue la tradición nacionalista de muchos compositores latinoamericanos como Ginastera, Piazzolla, Esteves, Márquez y Villa-Lobos. Utiliza material tradicional y folclórico sudamericano para crear obras presentadas dentro de formas y formatos clásicos occidentales. Ciertamente, se percibe en toda la obra un marcado sabor latinoamericano, con un destacado protagonismo del ritmo. El color instrumental es rico y variado y también tiende puentes entre Europa y América: en la sección de percusión, muy presente durante todo el concierto, el güiro enseguida nos transporta al otro lado del Atlántico, mientras que el clave nos lleva de nuevo al barroco europeo. De hecho, nos cuenta el compositor uruguayo que “la primera versión de este concierto es titulada Barroqueana Venezolana núm. 4 y pertenece a una serie de conciertos en la que combiné elementos de la música barroca con otros de la música tradicional venezolana. En esta versión el clave forma una parte importante del acompañamiento, sobre todo ofrece estabilidad rítmica a ciertas partes. El clave sirve de puente entre la música clásica/barroca y la folclórica venezolana representando la guitarra y el arpa dentro de la orquesta”.
Y precisamente el clave, que según nos cuenta Oscher, sirve de puente entre la música clásica o barroca y la folclórica venezolana representando la guitarra y el arpa dentro de la orquesta, nos lleva directos a otro punto de encuentro entre las dos páginas que se presentan en este concierto: la danza. En el Concierto para contrabajo y orquesta hay referencias directas a varios géneros musicales y danzas de Venezuela y Uruguay, países de origen del compositor y el solista. El primer movimiento, Allegro, comienza con la marca de tempo Guarachoso ma non troppo, lo que da una pista sobre la fuente del material melódico y rítmico: la guaracha, un hermano caribeño de la salsa y la cumbia. Nos cuenta Oscher que “la guaracha fue muy popular en Venezuela entre los años 1960 y 1980. Una de las canciones más conocidas en este género es Ariel, la cual hace referencia a un ecléctico artista uruguayo que desarrolló su carrera en Venezuela. Ya que yo nací en Uruguay e hice mi carrera musical en Venezuela, usé esté ritmo y cité un pequeño motivo de la canción para plasmar la conexión entre Edicson y yo como artistas”. Por otra parte, la cadencia que abre el tercer movimiento se basa en un estilo de música cubano llamado Guaguancó. Es una intrincada construcción polirrítmica que da la impresión de que hay más de un instrumento tocando. La orquesta se une a los solistas en este ritmo alegre que eventualmente se convierte en un estilo afrovenezolano llamado San Millán, típicamente tocado por tres tambores donde el más bajo toca el mismo patrón que el Guaguancó. Afirma el compositor que ha incluido este estilo musical para rendir homenaje a la influencia de la música afrocaribeña en la música popular venezolana, que le influenció tanto a él como al dedicatario de la obra, el contrabajista Edicson Ruiz. En el tercer movimiento, el flamenco y el joropo, el estilo de música folclórica venezolana más popular, sirven como plataforma para que el solista muestre virtuosismo y pasión. Una de las características a destacar del concierto es que incluye numerosos momentos de lucimiento, ya sean cadencias o solos, para el más grave de los instrumentos de cuerda frotada. Por su parte, el compositor ruso supo integrar con maestría en sus sinfonías la danza y el folclore ruso. Y aunque esto para algunos, como su alumno Serguéi Tanéyev al reseñar la Cuarta, iba en detrimento de la calidad de la sinfonía, para Tchaikovsky la música de ballet no tenía menos categoría que otros géneros. Esa forma de integrar la danza en su música sinfónica es especialmente notable en la tercera sección, en la que una «serie de arabescos caprichosos» infieren movimiento a la música. Sobre el Scherzo, escribió Tchaikovsky que «se escucha después de que uno ha comenzado a beber un poco de vino y está empezando a experimentar la primera fase de la intoxicación». Las cuerdas con el pizzicato ostinato generan esa sensación burbujeante en el tema principal, y la sección de trío presenta una animada danza rusa en la que el pícolo toca un exigente solo. Precisamente, a raíz de esto nos cuenta Oscher que “la obra de Tchaikovsky, especialmente las sinfonías, fue parte de mi formación como flautista en El Sistema como miembro de la orquesta Sinfónica de Carabobo en Valencia, Venezuela. Trabajé mucho tanto en la parte de flauta como en la de piccolo, que me dio muchos dolores de cabeza. Como compositor, admiró de Tchaikovsky el hermosísimo desarrollo melódico en general, así como el tratamiento de los vientos madera en las sinfonías”.
Observamos otro punto en común entre las dos partituras en la instrumentación del movimiento lento. En la obra de Tchaikovsky la melodía melancólica del oboe solista suavemente acompañado que abre el Andantino in modo di canzona es uno de los fragmentos más bellos de la sinfonía, mientras que, en el Concierto para contrabajo, el diálogo entre el corno inglés y el clave es momento para la introspección. Tiempo para el reposo y reflexión dentro de la agitación de ambas composiciones.
La agitación estalla en las dos partituras en el último movimiento. El Allegro con fuoco de Tchaikovsky nos transmite energía y optimismo. “Si no puedes descubrir las razones de la felicidad en ti mismo, mira a los demás. Repréndete a ti mismo y no digas que el mundo entero está triste… Toma la felicidad de las alegrías de los demás. La vida es soportable después de todo”, escribió el ruso. En este movimiento incluye además una cita musical de una célebre canción popular rusa titulada “En los campos hay un abedul”, interpretada por oboe y fagot. El motivo del destino reaparece hacia el final, pero ahora parece sugerir que también nosotros podemos cambiar el curso de ese destino.
En este concierto, Tchaikovsky y Oscher nos hablan de amistad, tienden puentes entre culturas y nos conectan con la danza a través de dos partituras que nos llevan más allá de la música.